lisboa 2006

Martes 10 de Octubre de 2006

Después de haber visto lo más característico de Lisboa, nos hemos desplazado hacía Belem, para poder admirar la famosa Torre de Belem, el monumento a los descubridores y el Monasterio de los Jerónimos.

Para ir hasta Belem hemos cogido el tranvía 15 que nos ha llevado desde la Plaza del Comercio hasta la puerta del Monasterio de los Jerónimos. Después de algún contratiempo, por culpa de un accidente entre dos coche que se han quedado en las vias del tranvía, hemos llegado a Belem.

El tranvía te deja al lado del Monasterio de los Jerónimos, así que nada mas llegar hemos apoquinado el dinero para las entradas y hemos admirado el monasterio por dentro. Todo es espectacular, pero quizás lo mas bonito y reseñable es el claustro. Está perfectamente restaurado e incluso se puede ver una pequeña exposición de cómo estaba antes y cómo le han ido devolviendo su estado original. Desde allí cruzando por un paso subterráneo se puede acceder al Monumento a los Descubridores, un "edificio" muy curioso en el que se puede subir hasta su azotea y obtener una foto como la de la cabecera de la página. A los dos lados del "edificio", están representados todos los descubridores, navegantes que fueron a America en el siglo XVI.

Desde el monumento, dando un corto paseo se alcanza la Torre de Belem, se trata de una torre vigía y defensiva de las muchas que existían en el estuario del Tajo. Es interesante la visita y se puede incluso contratar un guía.

Para comer, fuimos a la famosa pastelería de Belem, al lado del Monasterio de los Jerónimos, en donde dimos buena cuenta de varios de sus pastelillos más famosos.

Por la tarde-noche, decidimos ir a tomar al algo al Pabellón Chinés, un bar recomendado por algunas guías, que desde aquí desaconsejamos totalmente. En las guías te lo venden como un bar en el que se exponen objetos de todo el mundo, pero resulta que es poco menos que una "bajera", repleta de figuritas horteras de todo el mundo eso si, pero sin ningún tipo de orden ni gusto. Todo ello aderezado con la estética de puticlub de los años 60. En fin, horrible.

Afortunadamente, dando una vuelta por las calles cercanas, del Barrio Alto, descubrimos el restaurante Bota Alta, un restaurante "típico", en el que se mezclaban turistas con lisboetas y que además se comía de maravilla.

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